"No me tengo que morir". La frase que lo poseyó durante los interminables 20 segundos que duró el terremoto fortaleció su valentía: parado en un patio de una casa neocelandesa, Roberto Mambrini, y sus 17 años, desafiaron el designio de la naturaleza. El joven tucumano emigró a Nueva Zelanda junto a su amigo y comprovinciano Fabricio Massa, con la excusa de un intercambio estudiantil, que les permitirían practicar unos meses rugby, la pasión de su vida.
Roberto jamás imaginó que podría conocer, en persona, la cara de la destrucción, hasta que la cotidianidad de una tarde veraniega se desvaneció en súplicas de sobrevivencia. Los relojes en el país habían dado las 13. Todo en Christchurch era normal, hasta que los vasos que estaban en la alacena de la cocina de Roberto chocaron entre sí, sin que nadie haya brindado.
Para él esa primera señal no significó una advertencia. Solo en el hogar, recién llegado del colegio, preparaba un almuerzo; el mismo que nunca llegaría a comer porque apenas consiguió darse vuelta supo que algo no andaba bien.
El segundo signo fue determinante para el tucumano. "Vi que las arañas que cuelgan del techo se movían", dijo a LA GACETA por teléfono desde Nueva Zelanda. A pesar de los indicios, nada le hizo suponer que la tierra desplegaría toda su crueldad. El piso empezó a latir. "Sentí que se iba para todos lados", evocó, ahora con menos pánico. Ya no hubo lugar a dudas, el muchacho debía buscar la manera de subsistir lo más rápido posible. "En Tucumán jamás sentí un temblor; menos iba imaginarme que estaba en medio de un terremoto. Me asusté mucho", expresó Mambrini. El terror se instaló en forma definitiva cuando los cajones del mueble de la cocina se eyectaron.
El sismo despertó en él su instinto de supervivencia y desempolvó una vieja enseñanza popular: "salí corriendo a abrir la puerta y no podía abrirla. Quería pararme debajo del marco". Cuando obtuvo el resguardo de la moldura, veía que los muebles se desplomaban cerca de él, la araña (una de las primeras señales) oscilaba de derecha a izquierda golpeando en el techo.
En medio de una sala endiablada, la tierra habló. "Escuché como un taladro gigante", dijo, mientras recordó que el estruendo parecía venir desde el centro del universo. "Pensé que la casa se caía, y salí al patio", narró.
La desesperación paralizó a Roberto, que sólo atinó a quedarse de pie en el patio de su casa durante los 10 minutos en los que el mundo se venía abajo. "En ese momento pensé: ?¿qué hago si se llega a caer la casa, sin ropa y sin plata??", esbozó, con la preocupación de un adolescente en tierras lejanas.
De pronto, el temblor desapareció. Entró a la casa, como si nada hubiera ocurrido, para apaciguar los miedos, sacó un suéter, su celular, plata y agarró una manzana. "¡En ese momento la tierra empezó a moverse de nuevo!", dijo estupefacto. Esta vez salió a la calle. "Empecé a llamar a mi amigo pero las líneas estaban ocupadas", recordó. A los pocos minutos se encontró con el padre de la familia que lo hospeda en Christchurch, la ciudad que el martes fue epicentro del terremoto de 6.3 en la escala de Richter.
"En el barrio donde vivo el movimiento no significó casi nada en comparación con el centro. Allí no se puede entrar de la cantidad de escombros y de barro que hay", comentó. Junto con los demás compañeros de su escuela, ahora recorren las ruinas de una vieja ciudad preguntando quién necesita ayuda. "Ayudamos a sacar los restos de lodo que salió del medio del cemento e inundó las casas", afirmó.
Roberto Mambrini recibe a diario los llamados de su madre, Alejandra Yemma, quien llorando le pide que regrese a Tucumán, pero él asegura que eso todavía no está en sus planes. "No quiero volver. Me quedo hasta julio de este año, a pesar de todo", aseveró.
El ímpetu juvenil lo ayudó a encontrar un poco de paz en medio de tanto caos, pero de algo estuvo convencido, desde el principio: no se iba a morir. Al menos no en esa oportunidad.